Efectivamente, a las siete me ha despertado papá, como un gallo. Cómo me cuesta orientarme, los primeros minutos. Hay quien se levanta como un resorte, yo necesito lo menos siete minutos.
Como siempre, mi padre me ha dicho "lávate los dientes y te quiero ver abajo ya eh".
Recogí los cachivaches que dejé desperdigados al irme a dormir, y con dificultad, después de lo de los dientes, bajo, y como un grogui todavía nos despedimos de la abuela, no corráis mucho, pedro me llamas cuando llegues, lucas atento a los estudios, bai bai. Me gusta cómo dice bai bai, o ba bai. Y mueve los dedos de la mano muy cariñosamente, ella aún en bata y deseando volver a meterse en la cama, pero no se va hasta que no doblamos la esquina. Viole se queda con los tíos. Se va a Deba con ellos, y luego con tal a San Sebastián. Vamos papá y yo solos.
Anoche hice bien el trabajo, aguantando el sueño, así que voy dormido las dos horas hasta el desayuno en el mítico Hotel Cañadas. El barman de siempre, el desayuno de siempre, para quien no lo conozca, napolitana, aunque esta vez bollycao, zumo y colacao. Le comento a papá lo de Robin Williams, no tengo claro si ha entendido Robin o Robie. Ni yo mismo sé bien la diferencia.
De vuelta en el coche, quedan otras dos horas y diez más o menos, de las que duermo hora y media. Siempre despierto llegando a madrid. El túnel de guadarrama de llama como si no me quisiera ver con los ojos cerrados. Cerré los ojos de ganas de verte, mi madrid.
Hablamos algo, pero poco, en esa media hora por la A6 entrando hasta la M30 por la Ilustración. Mañana no quiero volver a trabajar, el mes se me ha hecho muy muy corto, claro tú sólo has estado seis días, alguno fumáis de los que vais al sonorama. Me deja el coche para irme mañana al sonorama, así que vamos a su casa directamente, y le ayudo a descargar el equipaje hasta arriba, para poder bajar yo una silla de playa. Cojo el nissan y aparezco por fin en casa. Malú se alegra mucho de verme, casi no se acordaba de mí.
Pensaba tumbarme a dormir, pero en el coche he ido pensando en la necesidad de aprender mejor a explicarme, y se me ocurrió esto, lo de hacer un blog diario. Pormenorizado de todos los detalles. Haciendo referencias internas a lo que, claro, no quiero contar. La idea es que este blog sí pueda ser enseñable, para todo aquél que quiera leer las mil y poco palabras que pretendo soltar al día. Así que nada de cortarse, y si de verdad no quieres que algo se sepa, lo cuentas pero con esa máscara tuya.
Así que al llegar a casa me he dado el gustazo y he abierto este blog. Hipócritamente, he contado el día con esas horas de desfase, con el viaje en medio, de manera que cuando ayer digo hoy no es hoy si no ayer. Pero creo que no ha pasado nada, se entiende. Lo he enseñado por ahí, y parece que gusta. Si hablara así con alguien todos los días no haría falta que habláramos más. Deja de lamerte, oh.
Pues así ha pasado la mañana hasta que mamá ha llegado a casa, y hemos hablado mucho. Hacía mucho que no hablábamos. De drogas, de papá, de violeta, de asturias, de la sociedad, de mis planteamientos vitales, de una filosofía de vida, que ya tenemos edad. Antes durante y después de la comida. Después, otro rato en el ordenador mientras hacía tiempo para salir de casa, tenía que ver a miki para que me prestara la mochila fotográfica del año pasado. Antes, mamá me manda pasar por la casa del libro a comprar el Palabra sobre palabra de ángel gonzález, tanto tanto, para una compañera suya del trabajo.
En el metro, sí, en el metro, me robaron violentamente la bici el otro día, y con violentamente quiero decir que me dejaron los candados en el suelo para hacerme entender que sí, que se la habían llevado, en el metro, digo, leyendo a saramago, que es quien me hace escribir de esta manera, la cual he estado evitando, pero creo que éste soy yo, prefiero el discurrir denso del pensamiento, a las típicas intersecciones y pausas de la escritura contemporánea. Me hace llorar. Maldito Saramago.
En la casa del libro, tras encontrar a ángel a la primera, busco un libro para mí, en la sección de bolsillo. Me decido por El jarama, ojeo a Unamuno, Cómo escribir una novela, pero cuando leo Madrid 1940 de Umbral, me lo llevo también. La cajera se disculpaba al hombre frente a mí porque se les había caído el ordenador central, y no podían hacer nada, ni tax free, ni búsquedas, esperemos que mañana todo se haya pasado, una de dos, que nos hayamos descomputerizado, cosa poco probable, o que el ordenador vuelva a estar operativo.
Camino desde la gran vía hasta casa de miki. No hay forma de llegar en línea recta, ni sin pasar por santa ana. Antes de llegar, me llevo la programación de la filmo, qué va a pensar miki de mí si no.
Miki, con sus greñas y en calzoncillos, me habla de lo estresado del trabajo. Mañana aquí, mañana allí, pasado aquí, tal y cual, ochocientos cincuenta que es una mierda de dinero, por seis fotos, bueno miki, no sé si es tan mierda, na na curritos. Le insto a que haga un proyecto suyo ya, no tengo tiempo me dice. En julio debí hacerlo pero me fui al Dour. Ya, ya, ya. Me enseña orgulloso su nueva D6100. Flipante ya, la cosa más sofisticada del mundo. Gin salta. Miki no sale hoy, se queda viendo una peli. Le he llevado la cámara para que le eche un vistazo pero soy tan listo como para traerla sin batería. Me suelta un Me voy a hacer la cenita y me voy pitando. Llamo a mamá antes de entrar al metro, sí, al metro, me robaron la bici violentamente el otro día, y quedo con ella a y veinte en pinar de chamartín, tengo que ir a casa de papá a por la tienda, la nevera, y ahora un saco para mandi, vaya.
Leo en el metro, casi ganas de llorar, llama Encontrado al perro perdido. Es tan bueno saramago. Nos desalojan en cuatroca, no sé si esperaré yo o esperará mamá. Espera mamá.
Papá no quiere volver al trabajo. Cruzamos pocas palabras y me voy con los objetos. En el coche llevo a Malú entre los pies y la miro con otros, igual buscando a Encontrado en ella, pienso luego.
En casa exploro un poco en la intranet, y me pongo manos a la obra con el diario después de cenar. Mientras mastico, mamá me habla de lo que tengo que llevarme al sonorama, soy mayorcito ya, mientras miro Hora de aventuras. Ya, pero. Es que ese capítulo era de lo más raro, lo interesante de esos dibujos es la intrahistoria de una catástrofe nuclear que hace a todos mutantes, y éste parecía explicarlo un poco. Escribo después de cenar, y escribo, hasta donde pone En el metro, y es ahí, en esa línea quiero decir, no en el metro realmente, donde me interrumpo para ponerme a hacer la maleta. Ropa, comida, aparatos. Mamá me ayuda, o más bien la ayudo yo a ella. Ella hace y yo decido. ¡Hola mamá, sé que me estás leyendo! Saludo como si estuviera saliendo en la tele. Es como otra dimensión. No sé cómo vamos a caber en el coche, ni aún siendo el nissan. A la ida somos tres, pero a la vuelta parece que cinco. Total, un desastre.
· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · día a día.
Lunes, 11 de agosto 2014.
Un día de lo más completo.
Apenas había descansado cinco horas cuando mi padre me despertó, sobre las 6 de la mañana. La noche anterior me había quedado escribiendo hasta bien tarde, desentrañando. Pronto, aún sin que hubiese amanecido, nos vestimos y salimos de casa. Sólo recordaba salir así de casa cuando nos vamos a Madrid, a mi padre le gusta ir pronto, para evitar atascos y la hora fuerte del sol. Aquella mañana nos íbamos a hacer el trecho del Camino de Santiago que hay de Oviedo a Grado, unos 20 kilómetros, una ruta de cinco horas. Partimos, pues, caminando hasta la estación de Peñaflor Apdro (nunca he sabido qué significará Apdro, apartadero, apeadero quizá), no sin antes echarme crema solar en la cara y cuello, hecho destacado no por la curiosidad del acto, si no por la situación de éste, el echarse crema solar estando de noche cerrada.
Llegamos a la estación a toda prisa, creyendo que no cogíamos el tren que nos llevaba a Oviedo, pero ya ahí tuvimos que esperarlo cinco minutos, pasaba a las 6:53AM. Ya en el tren, mi hermana y yo nos sentamos juntos, y dejamos a mi padre y Jose en los dos asientos paralelos. Frente a nosotros, unos cuantos chavales venían de pasar la noche en el tantas veces pronunciado por la abuela, Xiringuelu, fiestas populares de un pueblo Asturiano. Medio borrachos aún, iban la mitad dormidos de cualquier manera, y dos o tres haciendo comentarios de la noche, uno de Madrid me invitó a una cerveza, me quitaste la copa a las tres, no recuerdo nada desde las cuatro, dónde te bajas. De vez en cuando gritaban a un peregrino del vagón contiguo, "el de la mochila". Viole y yo vamos dormitando y los mayores, charlando sobre el camino. Cuando el más alborotador de los chavales se baja, mi hermana no puede evitar fijarse en que lleva la moda kinki que hace lo menos cinco años se llevaba en Madrid, las nike típicas con la lengueta fuera, la sudadera con la capucha, los pantalones caídos con ese cinturón de tachuelas. Le comento que los modernitos aquí van exactamente igual que en la capital, estuve el viernes en un concierto de unos amigos en Gijón.
A las 7.30, ya en la estación de Oviedo, tras esperar a que los medio borrachos peleen con la máquina de billetes de tren, y nosotros mentir a la máquina diciendo que venimos tan sólo desde Pravia, ahorrándonos un euro cada uno, vamos a desayunar a Santa Cristina, la mítica cafetería preferida de la abuela, en la esquina de la calle Uría, frente a la estación. Viole y yo creemos que no es muy buena cafetería, y al servirnos el hombre un, por lo visto, café malísimo, tostadas cutres, zumo carísimo, seis euros de desayuno cada uno, se confirma nuestro presentimiento. Pienso en si es el karma por mentir a la máquina de antes.
Partimos. Tardamos un ratín en encontrar el camino, pero sabemos más o menos de dónde sale y al preguntar a una paisana, nos lo indica perfectamente.
A partir de aquí son cuatro horas y media de caminata alegre por caminos pedregosos, carretera a veces, barro. Hórreos y paneras, saludos, buenos días, el comentario de ánimo, jose hablas vasco, unas amigas de clara están ya en león, no bajas el ritmo, ladridos hostiles, violeta pregunta si creo que se cambiará de carrera, paisajes infinitos, el camino sube toda esa ladera con máxima pendiente. Casi en el final, llegando a Paladín, donde nació y está enterrado el abuelo, vemos por fin algunos peregrinos, uno italiano, me pide que le haga una foto con un caballo que se asoma por una valla. Se extrañan de que los adelantemos, realmente vamos bastante rápido, "estos parece que hacen algo pero luego paran en Grao", eso es señor, incluso un poco antes. Total, que acabamos en casa en un periquete, sobre las doce y cuarto. La abuela no se lo cree, vitoria bromea sobre si hemos cogido un taxi. Pregunta la abuela que qué tal Santa Cristina y con sumo cuidado, papá le cuenta por qué no nos ha gustado mucho, pero ella no está muy convencida.
Mientras viole se ducha yo me tumbo en la cama agotado. Es ese cansancio sano, del que sientes que los músculos han trabajado, y eres mejor persona. Al salir, me dice si leemos en las hamacas pero me siento cansado y no me apetece pensar leyendo, prefiero ver la tele, pero después de ducharme. Al bajar, están echando La chaqueta metálica, la primera parte de la peli, de la cual justamente yo había visto la segunda. Me encanta, puto Kubrick. La base del general, su brazo izquierdo. Su psicología. Suelta muchas groserías y a la abuela no le gusta nada. Me pregunta si realmente los tratan así. Será allí, en España no creo.
Justo en la parte que ya he visto, nos llaman a comer. Fabada y frinsuelos. En mi sitio de siempre, por fin, presidiendo desde el lado de los niños. Siempre me lo quita victoria pero ella ahora no está.
Después de comer, todo pesados, teníamos planeado ir a Cudillero, y mi padre quiere ir ya de ya. Como lo conocemos, nos lavamos los dientes y ponemos uno de Breaking Bad, el de I am the danger. Nos da tiempo a ver medio, con la cámara en la pala justamente, cuando mi padre nos llama y bajamos vestidos. Me toca conducir y me siento muy cansado pero sé que él no va a querer. Se sienta viole delante, y mi padre me da órdenes desde el asiento trasero. En las curvas, con los ciclistas, lo paso mal, y también si hay curva pronunciada en subida y tengo que reducir. En general, lo paso mal en estas carreteras, pero sé que conduciéndolas es como voy a aprender. Pronto llegamos a la autovía y es todo más fácil.
Qué precioso Cudillero. Un pueblo pesquero que parece cavado en la roca, muy cuidado todo, con casas de colores, asomándose desde sus terrazas, con la línea azul de barandilla serpenteando entre ellas. Mucho turista y también muchos niños bañándose en el puerto. Subimos por las escaleritas y la mayoría de las casas parecen vacías, no sé si por la época o porque realmente el pueblo está muerto y sólo de decorado. La abuela nos contaba cómo las señoras cogían las cajas de pescado donde las dejaban las barcas y las subían sobre la cabeza hasta lo alto, donde estaban las fábricas de tratado. Ahora ya no queda nada de eso. Me pregunto por qué tiene que ser así lo de hacer llegar la modernidad a toda España, pero en el fondo pienso que realmente tiene que ser así, no se puede vivir en el medioevo una mitad mientras la otra manda réplicas de apps minuteras.
Subimos a lo alto entonces, hay una torre de hormigón con escaleritas de metal desde donde se ve todo el pueblo desde arriba. Preciosísimo, los colores de los tejados, todos naranjas diferentes, lo calmado que está el mar tras el espigón, la infinidad del horizonte, que parece que el mundo realmente se acaba ahí, qué tontería ésta.
Volvemos entonces, y estoy más animado y me cuesta menos el viaje. En casa, es una hora muy rara, queda mucho para la hora de la cena y ya estamos duchados, tampoco nos apetece leer. Terminamos el capítulo y vemos otro, y papá entonces se lleva a viole, mientras yo me quedo leyendo, a practicar la primera y la marcha atrás con el coche. Se sacó el teórico el otro día, cero fallos. Al volver aún queda tiempo y bajamos a ver la tele hasta la cena. Vemos qué película veremos después de cenar, y aparece Toro Salvaje de Scorsesse. Perfecto, quería verla.
Después de cenar, pues, la vemos, dura dos horas, y a la hora y media estamos cansados, es muy lenta y monotemática, no es el mejor momento de Martin. Violeta se va a las 23.30 y yo aguanto diez minutos más, ya la veré después. Arriba, solo, leo, escribo. Cansado, no puedo pensar. Escucho música, El Páramo, su Ad Bellum que va creciendo y me introduce en un plan etéreo.
Caigo dormido. Mañana nos vamos a Madrid, a las siete de la mañana, y son las dos. He hecho tiempo para poder dormir todo el viaje.
Apenas había descansado cinco horas cuando mi padre me despertó, sobre las 6 de la mañana. La noche anterior me había quedado escribiendo hasta bien tarde, desentrañando. Pronto, aún sin que hubiese amanecido, nos vestimos y salimos de casa. Sólo recordaba salir así de casa cuando nos vamos a Madrid, a mi padre le gusta ir pronto, para evitar atascos y la hora fuerte del sol. Aquella mañana nos íbamos a hacer el trecho del Camino de Santiago que hay de Oviedo a Grado, unos 20 kilómetros, una ruta de cinco horas. Partimos, pues, caminando hasta la estación de Peñaflor Apdro (nunca he sabido qué significará Apdro, apartadero, apeadero quizá), no sin antes echarme crema solar en la cara y cuello, hecho destacado no por la curiosidad del acto, si no por la situación de éste, el echarse crema solar estando de noche cerrada.
Llegamos a la estación a toda prisa, creyendo que no cogíamos el tren que nos llevaba a Oviedo, pero ya ahí tuvimos que esperarlo cinco minutos, pasaba a las 6:53AM. Ya en el tren, mi hermana y yo nos sentamos juntos, y dejamos a mi padre y Jose en los dos asientos paralelos. Frente a nosotros, unos cuantos chavales venían de pasar la noche en el tantas veces pronunciado por la abuela, Xiringuelu, fiestas populares de un pueblo Asturiano. Medio borrachos aún, iban la mitad dormidos de cualquier manera, y dos o tres haciendo comentarios de la noche, uno de Madrid me invitó a una cerveza, me quitaste la copa a las tres, no recuerdo nada desde las cuatro, dónde te bajas. De vez en cuando gritaban a un peregrino del vagón contiguo, "el de la mochila". Viole y yo vamos dormitando y los mayores, charlando sobre el camino. Cuando el más alborotador de los chavales se baja, mi hermana no puede evitar fijarse en que lleva la moda kinki que hace lo menos cinco años se llevaba en Madrid, las nike típicas con la lengueta fuera, la sudadera con la capucha, los pantalones caídos con ese cinturón de tachuelas. Le comento que los modernitos aquí van exactamente igual que en la capital, estuve el viernes en un concierto de unos amigos en Gijón.
A las 7.30, ya en la estación de Oviedo, tras esperar a que los medio borrachos peleen con la máquina de billetes de tren, y nosotros mentir a la máquina diciendo que venimos tan sólo desde Pravia, ahorrándonos un euro cada uno, vamos a desayunar a Santa Cristina, la mítica cafetería preferida de la abuela, en la esquina de la calle Uría, frente a la estación. Viole y yo creemos que no es muy buena cafetería, y al servirnos el hombre un, por lo visto, café malísimo, tostadas cutres, zumo carísimo, seis euros de desayuno cada uno, se confirma nuestro presentimiento. Pienso en si es el karma por mentir a la máquina de antes.
Partimos. Tardamos un ratín en encontrar el camino, pero sabemos más o menos de dónde sale y al preguntar a una paisana, nos lo indica perfectamente.
A partir de aquí son cuatro horas y media de caminata alegre por caminos pedregosos, carretera a veces, barro. Hórreos y paneras, saludos, buenos días, el comentario de ánimo, jose hablas vasco, unas amigas de clara están ya en león, no bajas el ritmo, ladridos hostiles, violeta pregunta si creo que se cambiará de carrera, paisajes infinitos, el camino sube toda esa ladera con máxima pendiente. Casi en el final, llegando a Paladín, donde nació y está enterrado el abuelo, vemos por fin algunos peregrinos, uno italiano, me pide que le haga una foto con un caballo que se asoma por una valla. Se extrañan de que los adelantemos, realmente vamos bastante rápido, "estos parece que hacen algo pero luego paran en Grao", eso es señor, incluso un poco antes. Total, que acabamos en casa en un periquete, sobre las doce y cuarto. La abuela no se lo cree, vitoria bromea sobre si hemos cogido un taxi. Pregunta la abuela que qué tal Santa Cristina y con sumo cuidado, papá le cuenta por qué no nos ha gustado mucho, pero ella no está muy convencida.
Mientras viole se ducha yo me tumbo en la cama agotado. Es ese cansancio sano, del que sientes que los músculos han trabajado, y eres mejor persona. Al salir, me dice si leemos en las hamacas pero me siento cansado y no me apetece pensar leyendo, prefiero ver la tele, pero después de ducharme. Al bajar, están echando La chaqueta metálica, la primera parte de la peli, de la cual justamente yo había visto la segunda. Me encanta, puto Kubrick. La base del general, su brazo izquierdo. Su psicología. Suelta muchas groserías y a la abuela no le gusta nada. Me pregunta si realmente los tratan así. Será allí, en España no creo.
Justo en la parte que ya he visto, nos llaman a comer. Fabada y frinsuelos. En mi sitio de siempre, por fin, presidiendo desde el lado de los niños. Siempre me lo quita victoria pero ella ahora no está.
Después de comer, todo pesados, teníamos planeado ir a Cudillero, y mi padre quiere ir ya de ya. Como lo conocemos, nos lavamos los dientes y ponemos uno de Breaking Bad, el de I am the danger. Nos da tiempo a ver medio, con la cámara en la pala justamente, cuando mi padre nos llama y bajamos vestidos. Me toca conducir y me siento muy cansado pero sé que él no va a querer. Se sienta viole delante, y mi padre me da órdenes desde el asiento trasero. En las curvas, con los ciclistas, lo paso mal, y también si hay curva pronunciada en subida y tengo que reducir. En general, lo paso mal en estas carreteras, pero sé que conduciéndolas es como voy a aprender. Pronto llegamos a la autovía y es todo más fácil.
Qué precioso Cudillero. Un pueblo pesquero que parece cavado en la roca, muy cuidado todo, con casas de colores, asomándose desde sus terrazas, con la línea azul de barandilla serpenteando entre ellas. Mucho turista y también muchos niños bañándose en el puerto. Subimos por las escaleritas y la mayoría de las casas parecen vacías, no sé si por la época o porque realmente el pueblo está muerto y sólo de decorado. La abuela nos contaba cómo las señoras cogían las cajas de pescado donde las dejaban las barcas y las subían sobre la cabeza hasta lo alto, donde estaban las fábricas de tratado. Ahora ya no queda nada de eso. Me pregunto por qué tiene que ser así lo de hacer llegar la modernidad a toda España, pero en el fondo pienso que realmente tiene que ser así, no se puede vivir en el medioevo una mitad mientras la otra manda réplicas de apps minuteras.
Subimos a lo alto entonces, hay una torre de hormigón con escaleritas de metal desde donde se ve todo el pueblo desde arriba. Preciosísimo, los colores de los tejados, todos naranjas diferentes, lo calmado que está el mar tras el espigón, la infinidad del horizonte, que parece que el mundo realmente se acaba ahí, qué tontería ésta.
Volvemos entonces, y estoy más animado y me cuesta menos el viaje. En casa, es una hora muy rara, queda mucho para la hora de la cena y ya estamos duchados, tampoco nos apetece leer. Terminamos el capítulo y vemos otro, y papá entonces se lleva a viole, mientras yo me quedo leyendo, a practicar la primera y la marcha atrás con el coche. Se sacó el teórico el otro día, cero fallos. Al volver aún queda tiempo y bajamos a ver la tele hasta la cena. Vemos qué película veremos después de cenar, y aparece Toro Salvaje de Scorsesse. Perfecto, quería verla.
Después de cenar, pues, la vemos, dura dos horas, y a la hora y media estamos cansados, es muy lenta y monotemática, no es el mejor momento de Martin. Violeta se va a las 23.30 y yo aguanto diez minutos más, ya la veré después. Arriba, solo, leo, escribo. Cansado, no puedo pensar. Escucho música, El Páramo, su Ad Bellum que va creciendo y me introduce en un plan etéreo.
Caigo dormido. Mañana nos vamos a Madrid, a las siete de la mañana, y son las dos. He hecho tiempo para poder dormir todo el viaje.
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