Lunes, 11 de agosto 2014.

Un día de lo más completo.
Apenas había descansado cinco horas cuando mi padre me despertó, sobre las 6 de la mañana. La noche anterior me había quedado escribiendo hasta bien tarde, desentrañando. Pronto, aún sin que hubiese amanecido, nos vestimos y salimos de casa. Sólo recordaba salir así de casa cuando nos vamos a Madrid, a mi padre le gusta ir pronto, para evitar atascos y la hora fuerte del sol. Aquella mañana nos íbamos a hacer el trecho del Camino de Santiago que hay de Oviedo a Grado, unos 20 kilómetros, una ruta de cinco horas. Partimos, pues, caminando hasta la estación de Peñaflor Apdro (nunca he sabido qué significará Apdro, apartadero, apeadero quizá), no sin antes echarme crema solar en la cara y cuello, hecho destacado no por la curiosidad del acto, si no por la situación de éste, el echarse crema solar estando de noche cerrada.
Llegamos a la estación a toda prisa, creyendo que no cogíamos el tren que nos llevaba a Oviedo, pero ya ahí tuvimos que esperarlo cinco minutos, pasaba a las 6:53AM. Ya en el tren, mi hermana y yo nos sentamos juntos, y dejamos a mi padre y Jose en los dos asientos paralelos. Frente a nosotros, unos cuantos chavales venían de pasar la noche en el tantas veces pronunciado por la abuela, Xiringuelu, fiestas populares de un pueblo Asturiano. Medio borrachos aún, iban la mitad dormidos de cualquier manera, y dos o tres haciendo comentarios de la noche, uno de Madrid me invitó a una cerveza, me quitaste la copa a las tres, no recuerdo nada desde las cuatro, dónde te bajas. De vez en cuando gritaban a un peregrino del vagón contiguo, "el de la mochila". Viole y yo vamos dormitando y los mayores, charlando sobre el camino. Cuando el más alborotador de los chavales se baja, mi hermana no puede evitar fijarse en que lleva la moda kinki que hace lo menos cinco años se llevaba en Madrid, las nike típicas con la lengueta fuera, la sudadera con la capucha, los pantalones caídos con ese cinturón de tachuelas. Le comento que los modernitos aquí van exactamente igual que en la capital, estuve el viernes en un concierto de unos amigos en Gijón.
A las 7.30, ya en la estación de Oviedo, tras esperar a que los medio borrachos peleen con la máquina de billetes de tren, y nosotros mentir a la máquina diciendo que venimos tan sólo desde Pravia, ahorrándonos un euro cada uno, vamos a desayunar a Santa Cristina, la mítica cafetería preferida de la abuela, en la esquina de la calle Uría, frente a la estación. Viole y yo creemos que no es muy buena cafetería, y al servirnos el hombre un, por lo visto, café malísimo, tostadas cutres, zumo carísimo, seis euros de desayuno cada uno, se confirma nuestro presentimiento. Pienso en si es el karma por mentir a la máquina de antes.
Partimos. Tardamos un ratín en encontrar el camino, pero sabemos más o menos de dónde sale y al preguntar a una paisana, nos lo indica perfectamente.
A partir de aquí son cuatro horas y media de caminata alegre por caminos pedregosos, carretera a veces, barro. Hórreos y paneras, saludos, buenos días, el comentario de ánimo, jose hablas vasco, unas amigas de clara están ya en león, no bajas el ritmo, ladridos hostiles, violeta pregunta si creo que se cambiará de carrera, paisajes infinitos, el camino sube toda esa ladera con máxima pendiente. Casi en el final, llegando a Paladín, donde nació y está enterrado el abuelo, vemos por fin algunos peregrinos, uno italiano, me pide que le haga una foto con un caballo que se asoma por una valla. Se extrañan de que los adelantemos, realmente vamos bastante rápido, "estos parece que hacen algo pero luego paran en Grao", eso es señor, incluso un poco antes. Total, que acabamos en casa en un periquete, sobre las doce y cuarto. La abuela no se lo cree, vitoria bromea sobre si hemos cogido un taxi. Pregunta la abuela que qué tal Santa Cristina y con sumo cuidado, papá le cuenta por qué no nos ha gustado mucho, pero ella no está muy convencida.
Mientras viole se ducha yo me tumbo en la cama agotado. Es ese cansancio sano, del que sientes que los músculos han trabajado, y eres mejor persona. Al salir, me dice si leemos en las hamacas pero me siento cansado y no me apetece pensar leyendo, prefiero ver la tele, pero después de ducharme. Al bajar, están echando La chaqueta metálica, la primera parte de la peli, de la cual justamente yo había visto la segunda. Me encanta, puto Kubrick. La base del general, su brazo izquierdo. Su psicología. Suelta muchas groserías y a la abuela no le gusta nada. Me pregunta si realmente los tratan así. Será allí, en España no creo.
Justo en la parte que ya he visto, nos llaman a comer. Fabada y frinsuelos. En mi sitio de siempre, por fin, presidiendo desde el lado de los niños. Siempre me lo quita victoria pero ella ahora no está.
Después de comer, todo pesados, teníamos planeado ir a Cudillero, y mi padre quiere ir ya de ya. Como lo conocemos, nos lavamos los dientes y ponemos uno de Breaking Bad, el de I am the danger. Nos da tiempo a ver medio, con la cámara en la pala justamente, cuando mi padre nos llama y bajamos vestidos. Me toca conducir y me siento muy cansado pero sé que él no va a querer. Se sienta viole delante, y mi padre me da órdenes desde el asiento trasero. En las curvas, con los ciclistas, lo paso mal, y también si hay curva pronunciada en subida y tengo que reducir. En general, lo paso mal en estas carreteras, pero sé que conduciéndolas es como voy a aprender. Pronto llegamos a la autovía y es todo más fácil.
Qué precioso Cudillero. Un pueblo pesquero que parece cavado en la roca, muy cuidado todo, con casas de colores, asomándose desde sus terrazas, con la línea azul de barandilla serpenteando entre ellas. Mucho turista y también muchos niños bañándose en el puerto. Subimos por las escaleritas y la mayoría de las casas parecen vacías, no sé si por la época o porque realmente el pueblo está muerto y sólo de decorado. La abuela nos contaba cómo las señoras cogían las cajas de pescado donde las dejaban las barcas y las subían sobre la cabeza hasta lo alto, donde estaban las fábricas de tratado. Ahora ya no queda nada de eso. Me pregunto por qué tiene que ser así lo de hacer llegar la modernidad a toda España, pero en el fondo pienso que realmente tiene que ser así, no se puede vivir en el medioevo una mitad mientras la otra manda réplicas de apps minuteras.
Subimos a lo alto entonces, hay una torre de hormigón con escaleritas de metal desde donde se ve todo el pueblo desde arriba. Preciosísimo, los colores de los tejados, todos naranjas diferentes, lo calmado que está el mar tras el espigón, la infinidad del horizonte, que parece que el mundo realmente se acaba ahí, qué tontería ésta.
Volvemos entonces, y estoy más animado y me cuesta menos el viaje. En casa, es una hora muy rara, queda mucho para la hora de la cena y ya estamos duchados, tampoco nos apetece leer. Terminamos el capítulo y vemos otro, y papá entonces se lleva a viole, mientras yo me quedo leyendo, a practicar la primera y la marcha atrás con el coche. Se sacó el teórico el otro día, cero fallos. Al volver aún queda tiempo y bajamos a ver la tele hasta la cena. Vemos qué película veremos después de cenar, y aparece Toro Salvaje de Scorsesse. Perfecto, quería verla.
Después de cenar, pues, la vemos, dura dos horas, y a la hora y media estamos cansados, es muy lenta y monotemática, no es el mejor momento de Martin. Violeta se va a las 23.30 y yo aguanto diez minutos más, ya la veré después. Arriba, solo, leo, escribo. Cansado, no puedo pensar. Escucho música, El Páramo, su Ad Bellum que va creciendo y me introduce en un plan etéreo.
Caigo dormido. Mañana nos vamos a Madrid, a las siete de la mañana, y son las dos. He hecho tiempo para poder dormir todo el viaje.